Nuestro objeto inseparable: el medidor de glucosa

medidor de glucosaUno, que lleva ya 28 largos años con esta mochila, ha conocido muchas cosas. Para los que dicen que no hay grandes avances, deberían ver qué era tener diabetes en 1986. Todo ha cambiado mucho. Pero a pesar de la evolución en medicamentos, técnicas, protocolos, prestaciones, estudios, educación… hay cosas que nunca cambian. Hay algo que a pesar de los años, sigue formando parte común de todas las personas con diabetes del mundo mundial. Hay un objeto inseparable que nos acompaña siempre: me refiero, por supuesto, al medidor de glucosa.

No todos llevan insulina, alguna pastilla de glucosa o agujas de repuesto siempre con ellos (aunque deberían). Pero nadie sin excepción sale de casa sin su medidor, sea cual sea el lugar al que vaya. Ese para muchos enigmático bolsito que a los ajenos a esto les sería imposible de adivinar lo que contiene, es casi como una extensión de nuestro cuerpo allá donde vayamos. Discreto en invierno porque hay donde esconderlo, se hace más protagonista en verano, cuando a veces es incluso lo único que llevamos en nuestras manos porque no necesitamos nada más. Si habéis visto mi entrada anterior del “Museo de los Horrores” de la diabetes, imagináos lo que suponía para las personas con diabetes de hace décadas cargar con eso a todas partes. Hoy nuestros medidores son mucho más discretos… aunque no pequeños en todos los casos. Una reclamación constante por parte de muchas personas, que quieren algo muy cómodo para llevar siempre encima. Y cómodo significa sobre todo, pequeño. La miniaturización tecnológica no parece haberse instalado del todo en nuestro mundillo de la diabetes. Pero además del medidor, hagamos un repaso a varios objetos de nuestro kit básico:

  • Las plumas de insulina son muy grandes. ¿Para qué tanto tamaño? Son como una lanza medieval. Siguen igual de grandes que cuando salieron al mercado. ¿Es realmente necesario tanto cuerpo para ese depósito de insulina tan pequeño? ¿No se puede sustituir o reducir el actual sistema de émbolo mecánico? Sencillamente ni se lo plantean, porque creo que les da igual. La insulina se vendería igualmente si nos la ofrecieran de nuevo en aquel espantoso aparato como un reloj de cocina de Novo llamado Actrapid Innolet (que Dios lo guarde en su gloria y también al que pergeñó semejante engendro). Y aunque es un producto de “demanda inelástica”, si produjeran una pluma más cara quizá los sistemas sanitarios no la compraran. Lógicamente las empresas del sector no quieren riesgos, sino beneficios.
  • El pinchador. Creo que nadie discutirá que se podría hacer un pinchador mucho más pequeño. Un sencillo sistema de percutor que libera un muelle que a su vez empuja una aguja. ¿Tan complicado es reducir eso? Por cierto, la aguja también es muy grande. Desechar esas agujas con discreción es tarea complicada. Pero el pinchador que las integra nos agranda considerablemente el bolsito del medidor. Señores de las multinacionales del sector, no sean dejados. No se trata sólo de hacer aparatos de medición.
  • El bolsito del medidor. Otro tema en el que también pediría a los fabricantes que dediquen al menos dos minutos a pensar en ellos. Aún recuerdo aquel genial bolso de Bayer (aunque no era ni siquiera un bolso, sino más bien una “piel” para el medidor y el pinchador) para una de sus muchas versiones del antológico Glucometer Elite: aprovechamiento del diseño cuadrado del medidor y empaquetado con su pinchador en un mínimo espacio, cuadrado, pequeño y cómodo. Pero aquello es historia. Normalmente los bolsos son demasiado grandes, tienen bolsillos que desconozco para qué sirven (ellos también), y no han pensado mucho la mecánica del procedimiento de medición de glucosa cuando diseñan ese bolso (si es que lo han diseñado ellos). Señores que se dedican a hacer estas maquinitas: ¿Han pensado que a veces nos medimos la glucosa en sitios estrambóticos? ¿Han probado a hacerse una glucemia en los servicios infectos de un bar de carretera? Hay que prever todas las circunstancias.
  • Bote de tiras. Y digo aposta “bote” porque mayoritariamente, casi todos los medidores utilizan el enorme bote que a veces, supera incluso el tamaño del medidor (véase el paradójico ejemplo del iBGSTAR de Sanofi). En algunos casos, tanto el bote como las tiras son de un tamaño tal que el tiempo se detuvo para ellos en los años 90 (Sí, señores de Roche, ahora me refiero a Ustedes). Sabemos que, nuevamente, es una cuestión monetaria el no hacernos las tiras en blíster individual y el miedo a quedarse fuera de los concursos. Pero la enorme ventaja que supondría poder coger sólo unas pocas tiras para el día y salir de casa con una reducción de espacio ahorrándonos el envase de tiras, es en el fondo, algo que mejora nuestra calidad de vida: comodidad, facilidad y rapidez. ¿Cuánto pasará hasta que Abbott nos diga que retira sus tiras en envases individuales? Espero que no llegue ese día.
  • Y finalmente, el medidor, objeto de este artículo. Parafraseando aquel eslógan publicitario de hace muchos años: “pesan los años, pero no pesan los kilos”. Esta máxima debe de ser la que aplican a pie juntillas las empresas dedicadas a sistemas de diagnóstico de diabetes. Nunca he entendido porqué un iphone puede hacer tantas cosas en tan poco espacio, y un medidor (que tan sólo mide la glucosa con un software integrado en una mini placa base) es más grueso, pesado y aparatoso. A veces detalles tan sencillos como el uso de baterías de botón o recargables, haría que los medidores no sigan siendo un bulto sospechoso en nuestro bolsillo. Tan sólo Sanofi con su coqueto y cómodo iBGSTAR demuestra que una vez más se puede, pero no se quiere.

El medidor es por tanto, una prolongación de nuestro cuerpo. Algo que –al igual que el dinero- si te lo olvidas, tienes que volver a por él a casa. Y ese objeto tan inseparable es por tanto, algo que valoramos no sólo por cuestiones puramente técnicas. Nosotros no somos un comité técnico como el que puntúa en los concursos. Es cierto que nos gusta que un medidor dé el resultado en 1 segundo mejor que en 3, que use 0,2 en lugar de 0,4 microlitros de muestra, que tenga bluetooth y se conecte a una app en nuestro Smartphone (por cierto, LA APP QUE QUERAMOS, no sólo la que ofrezca la marca), que incorpore un sistema de telemonitorización para los padres de niños con diabetes… pero también nos interesa algo que a nivel de diseño industrial sea moderno, coqueto y pequeño. Que levante la mano el que no haya elegido alguna vez un medidor “porque es el más mono”. Porque al final, ese objeto viene con nosotros a todas partes como el móvil. Y si en los teléfonos se cuida la ergonomía y el diseño… ¿Por qué no se hace en los medidores de glucosa? ¿Quién decidió que nos da igual ese tema? Por desgracia, la extra-rígida normativa española nos separa tanto tanto tanto de la industria farmacéutica que impide incluso que ellos puedan saber qué queremos y cómo lo queremos, obligando a la empresa al punto de encuestar a médicos y personal de enfermería sobre cómo sería su medidor perfecto. O sea, que lanzan productos respondiendo a los deseos de personas que no tienen diabetes. Surrealista, pero real.

Asi que aunque siga siendo un zapatófono como el de Mortadelo, el medidor de glucosa es un objeto inseparable para la persona con diabetes. Terminaré con aquel eslogan de los 80 de una publicidad de American Express: “Nunca salga sin él”.

PD: Y si quieres  ver aparatos antiguos, echa una ojeada en mi página de Facebook aquí o mira mi perfil de Instagram, donde he subido algunos de mi colección.